Por Mariano D’Anna.
Afuera hace frío. El invierno en estas latitudes no solo enfría el cuerpo; parece asentarse como una capa de llovizna persistente sobre el ánimo colectivo. Hay una luz grisácea que tiñe las avenidas, donde los locales vacíos con carteles de «Alquila» ya no son una novedad, sino el inventario del desaliento. Caminar hoy por nuestras ciudades es asistir a un desfile de persianas bajas, un paisaje donde el consumo se ha transformado en un acto de resistencia o, directamente, en una imposibilidad. A la gente no le alcanza la plata. No es una frase hecha; es la ecuación matemática y cruel que se resuelve cada fin de mes en millones de hogares.
Llevamos un siglo así. Cien años de tropezar exactamente con las mismas piedras socioeconómicas y políticas, un bucle eterno donde los nombres de los protagonistas cambian pero el guion sigue siendo el mismo. Hoy el dólar está frenado artificialmente, contenido como un dique que todos saben que tarde o temprano cederá, mientras la desocupación asoma la cabeza con mayor agresividad y las empresas —desde la pyme familiar hasta la fábrica histórica— bajan los brazos y cierran sus puertas. La inflación, ese monstruo que devora el futuro en silencio, parece haber encontrado un piso del que no puede o no quiere bajar, congelando las expectativas de cualquier recuperación real.
Somos, en definitiva, una sociedad triste. Una sociedad que arrastra un cansancio histórico, una fatiga de materiales que se nota en las caras en el colectivo, en el silencio de los comercios y en la resignación ante lo que parece un destino inalterable.
* * *
Y sin embargo, hay una anomalía.
En medio de este invierno del descontento, las pantallas de los televisores y los comercios escupen una luz distinta. Hay un Mundial en marcha. La selección argentina avanza, gana, genera esa vibración única que solo el fútbol sabe provocar en estas tierras. Por unas horas, el país entero contiene la respiración. El grito de gol funciona como una transfusión de adrenalina, una anestesia colectiva que duerme el dolor de los bolsillos vacíos y la incertidumbre laboral. Es un bálsamo milagroso, pero efímero. Es la capacidad de un pueblo de aferrarse a una alegría prestada para no hundirse del todo en la realidad.
Es una escena casi surrealista: la plaza festeja, las banderas flamean, pero al día siguiente el frío sigue estando ahí, el telegrama de despido llega igual y los precios en la góndola volvieron a subir. El fútbol no cura la desocupación ni abre los comercios cerrados; solo suspende el tiempo. Nos permite, por noventa minutos, ser los mejores del mundo en algo, mientras en el barro de lo cotidiano seguimos perdiendo por goleada contra los mismos problemas de hace un siglo. Esa anestesia no es cinismo; es supervivencia. Es el mecanismo de defensa de una sociedad que necesita un recreo porque ya no soporta el peso de su propia historia.
Pero detrás de la anestesia y detrás de la tristeza, late algo más. Hay una tensión subterránea, una corriente que se niega a morir: esa terca esperanza de querer salir adelante. El argentino no está derrotado, está exhausto. No ha perdido la fe en su tierra; ha perdido la fe en sus directores de orquesta. Esa misma energía que hoy se desborda en una tribuna o frente a una pantalla es la que demuestra que el fuego sagrado sigue ahí, esperando un proyecto, una certeza, un rumbo claro que deje de rifar el esfuerzo de generaciones.
El invierno pasará, como pasan siempre las estaciones. La primavera y el verano traerán otra luz y otro calor, y el Mundial llegará a su fin, consagrando un resultado que quedará en las estadísticas. Pero el verdadero desafío empezará al día siguiente de la final, cuando la anestesia deje de hacer efecto y nos miremos a la cara en medio de la realidad desnuda.
No podemos permitir que los próximos cien años sean un espejo de los últimos cien. La tristeza actual no debe ser el prólogo de la rendición, sino el combustible para exigir, de una vez por todas, un país maduro. Queremos salir adelante, no solo en la cancha, sino en la vida. Nos merecemos que la alegría deje de ser una excepción de noventa minutos y se convierta, de una buena vez, en la regla de nuestro día a día.






